Febrero (Madre)
(Escribí este texto hace años, unos 16 por lo menos, hoy ha vuelto a mí por casualidad, buscaba otra cosa, tengo que tragar saliva varias veces para echar un maldito nudo que se ha instalado en mi garganta...)
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...como dos veinteañeras en su primera incursión al mundo de la noche
Fue horrible cuando descolgué el auricular y María me anunció la noticia. No podía creerlo. Más bien no quería creerlo. Había pensado muchas veces que morirías, para que negarlo, sobre todo después de tu última bronquitis el invierno pasado, te costó trabajo recuperarte, pero lo lograste, puede que fuera por el vino quemado que te dábamos como bálsamo a la hora de acostarte, y que tú nos habrías dado a nosotros en iguales circunstancias, porque para ti eso era “remedio de santos”.
Cuando llegué a casa Juan, Raúl y María ya estaban contigo. Tú estabas sola porque la compañía en esos momentos creo que no te hacía falta. No podías hablar, ya no podías despedirte, decir nada más, seguro que se te quedaron muchas cosas en el tintero, reprimendas, halagos, caprichos insatisfechos, disgustos que compartir con tus hijos, con tus amigos y no se si también con algún amante. ¿Mamá, tuviste alguna vez un amante?
Todos lloraban en silencio. Bueno, tu hija María, que sabes que nunca hizo nada de modo reservado, gemía y suspiraba de vez en cuando, como si necesitase notar su propio llanto para sentirse a lo mejor, más cerca de ti. Cuando aparecí, todos se levantaron de sus asientos, se abrazaron a mí y entre los cuatro formamos un círculo, nuestro círculo sagrado, el que hacíamos de pequeños, el que seguimos haciendo siempre que nos atormenta algo y lo mantuvimos durante unos segundos para ahuyentar nuestra pena, esta vez no lo conseguimos.
Estabas guapa. Encarna, tu amiga, te había arreglado muy bien. Creo que lo hizo como tantas veces, no sé si ella se daba cuenta de lo que hacía, puede que pensara que te estaba acicalando para una de vuestras salidas nocturnas con otras amigas, los martes a casa de Fernandi, los jueves a casa de Teresa, el viernes si coincidía en vigilia tocaba misa, sino partida de cartas; y el sábado a bailar. Encarna siempre venía a nuestra casa, te peinaba, te pintaba, te ponía el pañuelo en el cuello con su famoso nudo de dos vueltas y te aconsejaba que traje debías ponerte para la ocasión. Es cierto que Encarna para todo eso tiene buena mano, buen gusto, hay que reconocérselo. Después salíais las dos tan monas, tan coquetas, tan contentas, como dos veinteañeras en su primera incursión al mundo de la noche. Esta vez también acertó, te ha puesto tu traje de chaqueta de flores rosa, dice que es mejor que te vayas alegre, así te recordaremos igual. La pobre luego se vino abajo, no podíamos oír lo que te decía en voz baja, pegada a tu oído, porque Encarna y tú siempre teníais vuestros pequeños secretos que no queríais compartir con nadie. ¡Qué buena amiga has perdido! Quiero decir: ¡qué buena amiga ha perdido!
Como a febrero que le falta un día los años bisiestos y un par de ellos el resto de los años, así me has dejado
Poco a poco fueron llegando todos tus conocidos. Unos nos daban besos y abrazos tan fuertes y largos que parecían que no fueran a soltarnos nunca, luego se acercaban a ti y te susurraban una frase breve, concisa, que seguro tú entendías, pues parecía estar dicha en un código secreto que sólo vosotros comprendíais. Al rato, porque no sé cuánto tiempo pasó, la casa fue vaciándose igual que se había llenado, sin darnos cuenta volvimos a quedarnos los cinco solos, Juan, Raúl, María, tu inseparable amiga Encarna y yo. Debo reconocer que a esas alturas de la noche estábamos cansados, pero nos quedaban tan pocas horas de tenerte entre nosotros que nos resistimos a abandonar tu habitación. Ninguno quería descansar lejos de ti, así que pasamos la noche contigo.
A la mañana siguiente el bullicio volvió a la casa. Yo me había traído la ropa que usaría en el sepelio, así que hicimos turnos como cuando vivíamos todos en casa y nos fuimos arreglando para darte el último adiós.
No te enfades con Juan, él creo que no le dio mayor importancia al color que debía usar para el entierro, además sabes que es un poco daltónico y no distingue bien los colores. De todas formas me parece que llevaba en la cabeza problemas mayores que el elegir la ropa apropiada para ir al cementerio. Podía pensar entre otras cosas, que tú, su madre, lo habías dejado huérfano de la noche a la mañana, que se había quedado sólo, porque sabes que nosotras, sus hermanas o Raúl su hermano pequeñajo, no somos lo mismo para él, dime si no a quién le contaba sus problemas, con quién bromeaba, a quién besaba constantemente o simplemente a quién pellizcaba en el trasero cuando pasaba por su lado. Sé que tú para esas cosas eres muy protocolaria. Siempre decías que a los sitios hay que ir como “Dios manda”, de lo contrario es mejor no ir y para dar sepultura a un cadáver había que ir de negro, no existía otro tono. A veces te pasabas porque tú incluso llevabas velo. También debo confesarte que nosotras tampoco reparamos en la vestimenta de Juan, pero al fin y al cabo, si tú ibas de rosa en tu propia inhumación ¡qué más daba de qué color vestíamos nosotros! Mamá, son otros tiempos, reconócelo de una vez.

Como a febrero que le falta un día los años bisiestos y un par de ellos el resto de los años, así me has dejado, que sepas que desde hoy: me faltas tú.
Sí, te has ido, tal vez volvamos a vernos, pero si no es así que mi amor te acompañe y cuídate, ¿sabes?, ya empiezo a echarte de menos.

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