Cuando los monstruos campan a sus anchas

Tres días antes había cumplido con su deber. Ese fue el detonante de todo, seguro.
Rosa, también acompañó esta
vez a Lucrecia en su misión. Rosa era igual de novata que ella, pero el tiempo
de guerra les había enseñado que el miedo no podía paralizar el cuerpo y la
mente, de ellas dependía la vida de muchos hombres y mujeres, igual de
infelices y desdichados, igual de condenados que ellas a ver morir a sus hijos,
a sus seres queridos, impasibles, sin poder hacer mucho más, pero con la
conciencia tranquila de saber que las injusticias serían reparadas pronto o ese
era su gran sueño. Otra España podía resurgir de entre los escombros, otra
España era posible y Lucrecia, sobre todo, había tomado cartas en el asunto.
Caminaban en silencio.
Aunque tenían muchas cosas que contarse. Muchas desazones que las podían
mantener horas relatando, justificando y rabiando, quemándoles en las entrañas
como quema un caldo recién apartado del fuego, pero el mutismo en el que se
sumieron era peor que expresar la ira, porque cada una maquinaba en su cabeza
qué haría si encontraban algún franquista “hijo de puta” por el camino y desde
luego, no pensaban ninguna de las dos estarse quietecitas. No era rencor, era
sencillamente justicia, la que les habían negado al marido de Rosa cuando de
madrugada lo sacaron a empujones de casa y en la mismísima tapia del cementerio
le descerrajaron cuatro tiros en la nuca, lo despojaron de sus ropas y de una
patada lo tiraron a la zanja, la que él, quince minutos antes, había excavado
junto a otros tres compañeros que tuvieron la misma suerte. O lo que le
hicieron al hijo pequeño de Lucrecia, Felipe, que por negarse a decir de dónde
había sacado aquellas octavillas que encontraron en su escarcela, se pudría en
el “Penal de Ocaña”, y moriría con el frío calado en sus huesos, tosiendo, los
pulmones reventados y cansado de llorar y de blasfemar inútiles palabras que no
perdurarían en tiempo y que su madre nunca escucharía y tampoco podría ya
aliviar.
Sí, la historia de Lucrecia
y Rosa era igual de aciaga que la de mucha gente. Un pueblo sometido por tener
ideas de equidad. Un pueblo que no se estuvo quieto y que luchó pensando que la
victoria estaría de su lado. Un pueblo que no sopesaba la idea de arrodillarse,
bajar la cabeza, aniquilar su voz y dejarse morir en silencio vencido por el
espanto.
El camino era empinado. Este
era su segundo viaje. Se habían aprendido el trayecto de memoria, el herrero
les había trazado la ruta en un papel, pero les había hecho jurar y perjurar
que lo destruirían una vez aprendido al dedillo. Así lo hicieron. Los árboles,
álamos centenarios las salvaguardaban de miradas despiadadas, el sudor corría
por sus ropas oscuras, las cestas de comida cada vez pesaban más. El fusil lo
portaban a la espalda, el cañón apuntando hacia el cielo, esta vez estaba azul,
no como la semana anterior que de negro parecía como si una bandada de cuervos
se hubiese posado en la nube que las perseguía colina arriba. La falda
arremangada, trabada en la correa de la cintura, para no caer de bruces al
suelo, la espalda cada vez más encorvada hacia adelante para mantener el
equilibrio, la respiración a cada paso dado más agitada, la angustia a flor de
piel, los cinco sentidos alerta para no ser descubiertas.
Las campanas de la iglesia
revelaron que eran las nueve de la mañana cuando ya habían atravesado el río,
se oían como el crepitar del fuego lejano y ambas sabían que si no se daban
prisa, la guardia civil, en su primera ronda, las alcanzaría en el cruce del
molino. Estaban cerca. Francisco las esperaba para conducirlas a su guarida
secreta, una cueva escavada en las montañas. Cinco hombres y dos mujeres
arrancados de sus cotidianidades, malvivían junto a fieras salvajes. Maquis los
llamaban. Un grupo organizado del pueblo les llevaba víveres una vez por
semana, no podían arriesgarse a subir más, así que debían abastecerse de lo que
el monte les proporcionaba y de la hogaza de pan blanco y el embutido que les
llevaban las mujeres. Lucrecia y Rosa repetían por segunda vez en quince días.
La semana anterior les pidieron que trajeran algunas vendas limpias. Josué se
desangraba. Un tiro le había atravesado el hombro izquierdo en la última
reyerta y la herida ennegrecía sin remedio. Rosa había estudiado la medicina
natural con su abuela, por eso estaba allí, sabía cómo sanar contusiones,
torceduras, quemaduras, aunque nadie le había enseñado a curar un balazo. Hacía
lo que podía. Preparó a escondidas un potingue a base de hierbas y hongos del
bosque, los coció, machacó y coló para después administrarlo en cataplasma al
enfermo, dejó suficiente ungüento como para que en los próximos siete días sus
compañeros pudieran limpiar la herida, sabía que aquello dejaría huella en
Josué para siempre, quizás el brazo le quedara inútil, pero por lo menos la
infección desaparecería y lo dejaría vivir tranquilo algunos años más.
Mientras era atendido por
las mujeres, Josué, tras tomar un trago largo de licor para soportar mejor la
punzada que le hacía retorcer el cuerpo entero como si fuera una culebra
estrangulando a su presa, y que de insoportable lo dejaba sin sentido en más de
una ocasión, rozó la mano de Lucrecia, le dijo que se acercara, ya que el dolor
no lo dejaba exhalar más que un pequeño hilillo de voz. Así lo hizo Lucrecia,
se inclinó sobre él y aproximó su cabeza, de modo que la oreja casi descansa en
la boca de Josué. En ese instante se enteró de por qué Rosa era viuda, de por
qué su hijo no regresaría jamás del campo y le daría de comer, le lavaría la
ropa y cuidaría de su prole.
Rosa y Lucrecia hicieron el camino de vuelta embriagadas por el sufrimiento, en el mismo silencio sepulcral
con el que habían emprendido la ida, esta vez no por temor a ser descubiertas,
porque ya nada importaba, la vida no tenía sentido o si cabía la posibilidad
más remota e ínfima de seguir viviendo sin amargura, era para dejar las cosas
en el sitio que les correspondía.
Hasta aquí una historia
cualquiera, contada miles de veces, de esta u otra manera, lo que nadie sabe y
jamás ningún mortal averiguará, es que Lucrecia, ese mismo amanecer del día 3
de febrero de 1938, mató al párroco. Él fue el que delató a su hijo, el que
inculpó al marido de Rosa y a muchos otros más que fueron murieron sin remedio
durante los dos años de guerra civil que llevaban. Lucrecia lo degolló a sangre
fría. Sí, y no se arrepiente en absoluto. Aunque llevaba el fusil con dos balas
en la recámara, preparado para ser apuntado y disparado, quizás en dirección al
corazón o a la cabeza del sacerdote, el puñal que segundos antes había sido
arrebatado del pecho de una dolorosa vestida de luto, que decoraba un estante
de la Sacristía, fue el que atravesó la garganta del vicario. Lucrecia encontró
al siervo de Dios arreglando el altar, oficiaría la primera misa del día en tan
sólo una hora, allí mismo le asestó una única cuchillada que le seccionó de
cuajo la arteria aorta, allí mismo lo vio desvanecerse, exhalar su última
palabra inconclusa, y contemplar el charco de sangre que fue formándose en
rededor de su cuerpo convulso. Allí, junto al Cristo desnudo crucificado, con
la mirada de un angelito que portaba una ballesta con flecha a punto de ser
lanzada, mirándola fijamente a los ojos, lo vio morir. Esos fueron los dos
únicos testigos del suceso. Lucrecia sabe que no la delatarán. Sabe que su
secreto está a salvo con ellos. Sabe que cuando pase frente a la iglesia, la
que no solía frecuentar porque ella no es creyente, recordará lo sucedido y no
volverá a traspasar el umbral del lugar del crimen, bueno para ella no es un
crimen, es sólo el desvarío de una vieja que no sabe lo que hace, el delirio de
una madre que no encuentra respuesta a la muerte injusta e inmerecida de un
hijo sano, que tenía toda una vida dispuesta en bandeja de plata para ser
gozada, y que un ser maligno le arrebató por inquina, es, en definitiva, la
insensatez que habita en tiempos de guerra, cuando los monstruos campan a sus
anchas y todo vale y nada pesa.

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