miércoles, 22 de noviembre de 2017

Si el amor es ésto


...floto en una nube que me transporta sin descanso hacia su corazón cálido...



A MLD
La prolongación de mi vida

Tenía la triste sensación de que la vida se me acababa como una golosina a un pequeño que juega en el parque y llora al terminar su manjar preferido. Vivía de la renta que mi pasado me había dejado en herencia con envoltorio de soledad y abandono. Pisaba fuerte por la senda que se me presentaba al paso, pero no tenía sensación de estar dejando ninguna huella, ninguna señal, ninguna marca que recordara mi estancia en este mundo miserable. Un día de pronto todo cambió. Fue porque ella entró en mi vida, así, sin más, de lleno, de improviso, sin pedir permiso pero por la puerta delantera de mi desolado corazón. Su cuerpo puede que no fuera perfecto, aunque a mí me gustaba, he de decirlo. Su escasa estatura parecía no rellenar el espacio que habitaba, pero era sólo eso, apariencia, porque en el momento que su totalidad de centímetros tomaban movimientos compasados, volabas hacia las estrellas como un cohete de motores potentes que atraviesa el firmamento sin ataduras ni descanso. Y su sonrisa, ¡por Dios, su sonrisa! esa fue la maravilla que más me alegré de encontrar. Tenía, bueno decir que tenía una hilera de perlas por dentadura quizás no sea real, quizás ya esté tan repetido que no suene lo poético que yo pretendo transmitir en este instante al planeta entero. Sus dientes eran, no, sus dientes son pequeñas teselas blancas, níveas como la misma nieve, de una rectitud impresionante, semejante a la raya horizontal que separa el mar del cielo. Cuando entreabre su boca a modo de sonrisa y despuntan por sus labios sedosos la hilada perfecta de perlas, de teselas blanquecinas, quiero correr a acariciarla porque mis ojos no resisten la tentación de mirar sin más y mis manos también la acompañan, porque quieren tocarla, porque necesitan rozar el esplendor que irradia para hacerla suya, para retenerla en el hueco que éstas formarán y así protegerla de cualquier mal ajeno que quiera desterrarla o pretenda hundirla.



"Y me mira con ojos cómplices y sonríe y se ríe y estalla en carcajadas histéricas que atraviesan el hilo perfecto de perlas, de teselas inmaculadas..."



Su voz grave, con acordes sensatos que exaltan el saber de la vida, de la corta vida que aún la alumbra, porque todavía no ha rozado los años nefastos que a cualquier mujer le asustarían. Emite dulces palabras que atraviesan la hilera perfecta de perlas, de teselas encaladas y que se mezclan y enraízan con su lengua sabia que sabe hacer maravillas. Tiene manos esbeltas, de dedos quijotescos que acarician la brisa del nuevo día. A veces, no, a veces no, muchas muchas veces me tocan con mimos mimosos que hacen que mi cuerpo se contonee al ritmo y al compás con el que ella quiere mecerme. Y yo me dejo arrullar porque no hay mejor contento para el espíritu cansado, abatido, agotado de naufragar constantemente en el amor, que un talle al que ceñirte por las noches cuando las estrellas decoran magistralmente toda la bóveda celeste.

Hace ya doce días cohabitamos en la misma cama, espero que mañana sumemos el trece (un número no muy propicio pero que anhelo lograr), para al día siguiente tener ya catorce, alcanzando el quince después y de esta manera concluir la existencia dentro de medio siglo, minuto arriba, minuto abajo.

Me gusta verla feliz. Me encanta oírla hablar de nuestra relación, sobre todo cuando comenta a sus amigos que me quiere de verdad, que se siente llena, que soy su amor, su pareja… Y me mira con ojos cómplices y sonríe y se ríe y estalla en carcajadas histéricas que atraviesan el hilo perfecto de perlas, de teselas inmaculadas y noto que no puede controlar tanta risa loca, porque la felicidad trae consigo estas cosas y te hace actuar a modo de payaso y te desencaja los músculos faciales para hacerte parecer a los ojos del público asistente una insignificante marioneta rota.

Hoy me ha dicho que ha descubierto que realmente me quiere, creo que desde entonces floto en una nube que me transporta sin descanso hacia su corazón cálido, porque si existen las almas gemelas, me parece haberla encontrado. Basta con que cualquiera exprese un pensamiento, un gusto, una idea, un deseo, un miedo, que el sentimiento es unísono, es como si un ser extraño nos hubiese separado desde siempre, pero a la par una fuerza no menos extraña, pero más benévola, hubiese ido enlazando nuestros destinos, haciéndonos iguales para que el día de nuestro primer encuentro ya nos conociéramos y a partir de ahí sólo tuviésemos que querernos.

Sé, a ciencia cierta, sé, que ahora María piensa en mí, porque mi pensamiento se está en estos momentos precipitando contra su cuerpo, ni que decir tiene que me he parado un ratito en su fila perfecta de perlas, de teselas impolutas porque ahí es donde, hace ya tres semanas, mejor me encuentro.


Escrito el 23 de febrero de 1999 (el tiempo no pasa)

jueves, 26 de octubre de 2017

Cristales rotos

La nueva enfermera me trajo la medicación diaria. Me asusté al ver sus ojos. Su mirada se clavó en mis pupilas y ya no puede apartar la vista de ella. Sí, incomprensiblemente fue su mirada penetrante la que me trajo los recuerdos de aquellos días. Porque era tan distinta a la suya, quizás por eso o tal vez porque esa fue siempre la mirada que yo esperaba encontrar, una mirada ingenua, divertida, perspicaz, sin gota de melancolía, nada amarga y sin heridas o porque daba igual que existiera o no otra mirada. No lo sé, ahora no lo sé, estoy demasiado confuso. De lo que sí estoy seguro es que no pasará un segundo de mi vida sin tenerla en mi mente. Hace ya diez años de todo, pero ahora mismo para mí es como si hubiesen pasado tan sólo diez minutos. El caso es que al contemplar su vivaz mirada me ha dado un vuelco el corazón, no me había pasado nunca, el tamiz por el que he filtrado nuestra historia ya no sirve de nada y la película de nuestra corta vida juntos comienza a pasar en blanco y negro por mi cabeza, muy rápidamente, fotograma a fotograma.

Recuerdo a la perfección cuando la conocí. El día se percibía claro a través de la ventana. No iba a llover. Hacía frío. Lo delataba la ropa de abrigo de los transeúntes arropados con bufandas rodeando sus cuellos. Los árboles mecidos por el viento bailoteaban al compás del canto de algunos jóvenes jilgueros posados en centenarias ramas. Todo muy bonito, demasiado bucólico, pero para mí apuntaba a que iba a ser un día igual de monótono que el anterior, un día para no ser señalado en fluorescente en el calendario, uno de esos días que estás deseando que pase porque de banal que ya se intuye, resulta inútil vivirlo.


La mujer estaba sentada en el banco solitario de la parada del autobús. Era joven, de tez blanca, escuálida, discreta en el vestir, desnuda de adornos y a mí me pareció preciosa. No sé como llego hasta allí, apareció de la nada, pero era como si estuviera desde siempre, como si formase parte inseparable del desolador paisaje que me tocaba contemplar. Parecía solitaria, estaba inmóvil, como si sus músculos no respondieran a las órdenes del cerebro, que seguramente también permanecía quieto; quieto, aburrido y fatigado de buscar soluciones. Podría decir que desde el instante en que la divisé era como si ya la conociese. Era como si hubiésemos nacido unidos por alguna parte de nuestro cuerpo y jamás nos hubiesen separado. Cada mañana, cada tarde, desde aquel día se sentaba con los pies cruzados y las manos entrelazadas en el regazo durante largas horas en el mismo banco, en la misma postura, un poco encorvada hacia adelante, con el mismo gesto sereno, la misma mirada perdida y la misma languidez en su semblante. Nadie la acompañaba al llegar, la visitaba en su estancia o se marchaba con ella. Cada media hora el autobús número cincuenta se avistaba en el horizonte de asfalto, hacía estación de penitencia en la parada, abría sus puertas, algún que otro pasajero subía o bajaba pero ella jamás se movía. Me daba pena observarla desde el edificio de viviendas que yo ocupaba justo enfrente de ella. Quería salir corriendo y ofrecerle mi ayuda ¡Ja, qué iluso! Decirle que huyéramos juntos al lugar más lejano de la tierra, que tomase mi mano y la apretara contra su corazón para ahuyentar el desconsuelo que padecía o sencillamente, que habláramos un rato, a mí también me hacía falta, pero no, yo también permanecía quieto, tan sólo la miraba a través de los cristales semiempañados de mi ventana del tercer piso, cerrada como siempre a cal y canto.


"...Era como un helecho, húmeda y sombría, desprovista de flores..."



No conocía su nombre. Bueno, casi no conocía nada de ella, tan sólo esa mirada unas veces distraída, la mayoría perdida, que hacía que yo también me confundiera. Desde que la descubrí mi vida fue únicamente para ella. A mí también me sobraba el resto del tiempo, también el resto del mundo. Decidí concentrar toda mi atención en estudiarla al detalle. Su calmosa apariencia me decía que no quería que nadie la tocara, que nadie le hablara tan siquiera, quería permanecer tranquila, ignorada, sosegada en esa jungla de alquitrán. Supe enseguida que no era feliz. Pero a la vez inspiraba tanta paz que no podía entender su tristeza. Era injusta la vida, entonces me di realmente cuenta ¡Cuánto despojo suelto por el mundo! Me incluía, por supuesto, que me incluía entre ellos. Era como un helecho, húmeda y sombría, desprovista de flores, aunque a veces me alegraba el alma, la mayoría de las ocasiones hacía que yo también hurgara en mis desgracias, tan sólo con mirarla algo se revolvía en mi interior. Dejé de comer por unos días. Descuidé mi higiene personal, aparté mis aficiones a un lado y a toda costa quise entender su angustia. Me fue imposible. Por más que la contemplaba no adivinaba el por qué de esa introspección. Si aparentemente podía tenerlo todo para ser feliz ¿qué le pasaba?. La cabeza es tan frágil a veces y, sobre todo, tan complicada. Las hojas de otoño le caían encima como una lluvia fina de verano, pero ella no hacía absolutamente nada para quitárselas de su falda plisada a cuadros. Los domingos los niños gritaban a su alrededor y sus sordos oídos no hacían caso. Entre semana eran los perros callejeros los que se acercaban a olfatear sus piernas delgadas, a orinar en la marquesina que ella ocupaba, repleta de cristales empapelados con fotografías y anuncios dispares, pero su mutismo y su quietud colmaban los nervios del ladrón más sereno. A veces me concentraba con la única misión de enviarle mensajes secretos, imperceptibles a cualquier otro oído que no fueran los nuestros, le gritaba en el más riguroso silencio que elevase la vista del suelo y clavase sus pupilas, que imaginaba a estas alturas de nuestro encuentro (aún para ella desencuentro), verdes, tan verdes, penetrantes y relucientes como fondos marinos, en mí. Quería decirle que saliera de su urna de cristal, de su cueva cristalina, de su refugio transparente, aparentemente accesible, pero tan misterioso y hermético como impenetrable. No, mis ondas cerebrales no eran lo suficientemente potentes como para alcanzarla, se dispersaban en el ambiente antes de rozarla siquiera. Unas veces se las llevaba una gaviota en vuelo rasante, otras el sol se interponía como un gran escudo protector y el reflejo me cegaba para el resto de la tarde, la mayoría de las veces el cristal de mi ventana se negaba a dejarlas pasar, se burlaba de mí y me ofrecía mi cara de idiota en pleno acto de concentración.



...para regresar inmediatamente al sosiego, a la placidez, a la serenidad que infunden los muertos en su lecho sepulcral...



 

Me gustaba ese mechón de pelos que le caía por la frente y le ocultaba en parte la soledad que reflejaba. Si hubiese esbozado una sonrisa en algún momento la habría desfigurado rápidamente, ella no se prodigaba en excesos, pero yo habría quedado en parte contento. Sus labios carnosos impertérritos se curvaban hacia las profundidades del abismo ni el más triste de los disgustos producía tanta huella en nadie. De cuando en cuando movilizaba sus descarnados dedos y los pasaba sobre el sedoso cabello negro como una noche ausente de luna. Otras veces en vez de sus manos era el viento el que se aliaba en mi favor y desbarataba su melena, entonces su quietud se convertía en movimiento por unos instantes, para regresar inmediatamente al sosiego, a la placidez, a la serenidad que infunden los muertos en su lecho sepulcral. Yo por aquel entonces ya la amaba. La amé siempre y, pese a todo, la seguiré amando. Ella nunca lo supo, hoy me duele, hoy me duele mi cobardía, me hace daño más que por mí por ella. No merezco seguir viviendo. Los cobardes no merecen un sitio en la vida, ni siquiera en una esquina, arrinconados. La vida debe ser para los valientes, para los que arriesgan, para los que se atreven a cambiar el rumbo del destino, para los aventureros, para los que tienen ansias de libertad. Las vidas mediocres no merecen ser vividas. Sí, es otra de mis afirmaciones más rotundas, pero ya a estas alturas de mi vida hay que estar demasiado templado hasta para la muerte.

En fin, una tarde ocurrió algo que aún hoy soy incapaz de asimilar por completo, me dolió profundamente, he de reconocerlo, pero a lo mejor ya es tarde para ello. No sé como pude haberlo evitado, tuve que hacer algo más, de eso estoy seguro. Ella no lo merecía, no merecía una vulgaridad así. Inspiraba tanta paz. No había hecho daño a nadie. Era tan joven, tenía tanta vida por delante. O mejor, hubiese sido tan fácil ignorarla, mirar para otro lado, al fin y al cabo no me ataba nada a ella, sólo este amor febril y desinteresado, anónimo e ignorado por todos. Podría haber imaginado que se montaba en un carruaje tirado por briosos corceles y que partía de mi vida para no hacerme daño o que el tren de su vida pasaba y ella lo cogía en marcha, dispuesta a empezar una gloriosa vida. Pero no, el profundo amor que sentía por ella me impidió desviar la mirada. El personal de la limpieza, como cada jueves, mecánicamente sin importarle la presencia de la visitante perpetua de la parada del autobús número cincuenta, comenzó a dar brillo a los cristales que recubrían la marquesina decorada con fotografías y anuncios dispares, uno de los operarios en su afán de estar en todo lo que le rodeaba menos inmiscuido en su trabajo, distrajo su mano de uno de los vidrios que manipulaba torpemente y éste cayó fulminado a modo de cuchillo sobre la cabeza de mi único amor, el más preciado, el más puro y el más distante que jamás intuyó ni siquiera rozar mi maltrecho cuerpo. No, no era justo. Yo quise correr para protegerla, advertirle del peligro, gritarle que huyese. Me fue imposible, lo confieso, me abalancé sobre el ventanal como pude, intenté llegar a tiempo, abrir la ventana, el picaporte sólo estaba a medio metro de mi mano, lancé el libro que sujetaba con todas mis fuerzas, golpeé con los puños cerrados mi rabia, pero todo fue inútil, la maldita manta que calentaba mis piernas me frenó en seco al bloquear el mecanismo de mi silla de ruedas, mientra ella perdía su último aliento, bañada en un charco de sangre que corría lentamente acera abajo.


lunes, 9 de octubre de 2017

Kristina


...mi mente no está en otro sitio que no sea ella...




Llegó el gran día, carreras de última hora, la maleta que no cierra y mi mente lejos de mí, imaginando un rostro aún no conocido que pronto se convertirá en mi despertar diario. Es cierto que no era la primera vez que lo hacía, ya había bosquejado su rostro en mi mente miles de veces desde el instante en que recibí ese discreto y escueto correo electrónico una tarde sofocante del mes de julio. No adjuntaba ninguna fotografía, para el remitente seguramente no era un elemento importante a acompañar, tan sólo puntualizaba algunos datos a tener en cuenta antes de formalizar definitivamente el papeleo, su sexo, su edad y poco más, menudencias administrativas que no dejaban de ser esenciales para que el proceso llegara a buen término, pero a fin de cuentas naderías para una recién estrenada madre que lo único que demandaba a esas alturas era una simple imagen para poder poner fin a la noria que se había instalado en su cabeza.

Todo había comenzado tres años atrás, un día mi cobardía se distrajo un segundo, me planté ante el espejo y mirándome fijamente a los ojos me armé de valor y decidí complicarme la vida empezando los trámites de adopción para ser madre. No, no empiecen pensando que estoy loca, sé que lo que acabo de decir suena a locura, pero ya lo entenderán. Tampoco piensen ustedes que me refiero a enredarme la vida sacándole al día más de las veinticuatro horas justas que tiene, ni un minuto más ni un minuto menos, corriendo desde la mañana a la noche, empezando por buscar un colegio con aula matinal que abra sus puertas como mínimo a las siete y media de la mañana porque yo entro a trabajar a las ocho y que también disponga de comedor porque hasta las tres no salgo y claro si las clases terminan a las dos de la tarde, por razones obvias que no es necesario explicar, la chiquilla no se va a quedar sola y encima sin comer tanto tiempo, y después de recogerla y de haber pasado como un rayo por el hipermercado para hacer una compra rápida de cuatro alimentos básicos agotados en el frigorífico, continuar con las actividades extraescolares, volando de una a otra, de la clase de inglés a la de danza los lunes y los miércoles y los martes y jueves a pintura, y aprovechando que hoy hay fiesta de cumpleaños de una compañera de clase escaparte a comprar un regalo y de paso a toda velocidad a la frutería porque mañana toca llevar fruta para desayunar en el colegio y las manzanas ya se han acabado y, antes se te olvidaron en esa compra rápida de cuatro alimentos básicos que hiciste en el hipermercado… para por fin, ¡UF!, llegar a casa, soltar los tratos, e ir de cabeza a la ducha diaria antes de preparar una suculenta y deliciosa cena, porque con el día que llevamos a estas alturas de terminar la jornada no vamos a estropearlo todo y a darla por finiquitada con unas descuidadas viandas preparadas y servidas de cualquier manera.

No, no me refería a eso. El complicarme la vida era, y lo sabía, y lo sé a ciencia cierta porque yo trabajo para la Administración, era como digo precisamente esto: a la Administración, al maldito trámite burocrático. Solicitar documentos a dieciocho mil administraciones distintas, que encima tardan una eternidad en entregártelos ¿Cuántas hay? Pues seguro que necesitas un papel de cada una de ellas, y venga originales, hacer fotocopias, compulsas, sellos, fechas, visados, y un largo etcétera, que cuando menos te lo esperas ha caducado todo y tienes que volver a solicitarlo de nuevo, e indudablemente tienes que volver a visarlo completamente todo por un notario, que de fe de que los documentos son originales, para que certifique con su firma carísima que tú eres tú, y que quién firma el documento es quién tiene que firmarlo, que a veces te gustaría estar casada con el notario o la notaria para que por lo menos te saliera gratis tanta firma excelsa o sin llegar tan lejos que la notaria o el notario fuera tu hermana o tu hermano, pero no, a tus hermanos no se les ocurrió a ninguno hacer oposiciones a notaría pensando que los necesitarías más que nunca en un momento concreto de tu vida, él se conformó con ser dentista y ella cardióloga.

Todavía me quedan ocho horas para ir al aeropuerto, pero mi mente no está en otro sitio que no sea ella. No me falta nada, todo está bien dispuesto en la maleta perfectamente ordenado, la muñeca de trapo, la ropa nueva, -no sé si le quedará bien-, los zapatos deportivos, las sandalias de cuero, el álbum con las fotos de la familia, -quiero que los conozca a todos, es importante que empiece a reconocer ya sus rasgos-, las cámaras de fotos y de vídeo, los cables, las memorias, las pilas, el cargador de las pilas. Seguro que llevo sobrepeso. No me importa.

El segundo correo fue diferente, sí traía una foto, la foto más importante de mi vida, la que se ha quedado clavada en mi retina para siempre, la que unía por fin su rostro menudo, serio y asustado a mis lágrimas de felicidad.

Siempre supe que llegado ese momento lloraría.




...me paré en su perfecta hilera de dientes diminutos y quise que empezara a comerse el mundo a pequeños mordiscos...


 
Había dejado de estudiar hacía muchos años pero aquel día comencé de nuevo mis lecciones, la tarea que tenía ahora entre manos consistía en aprenderme concienzudamente el rostro de mi hija, empecé por ese pelo mal cortado, negro como una noche sin estrellas, liso como una carretera ausente de curvas, continué con sus cejas que dibujan un arco perfecto y te invitan a quedarte allí calentita cobijada para siempre, seguí bajando y me aprendí sus ojos rasgados, de pestañas larguísimas, y del mismo color de su pelo, me paré en su perfecta hilera de dientes diminutos y quise que empezara a comerse el mundo a pequeños mordiscos, paladeando la vida que yo comenzaba a ofrecerle. Tenía la certeza que me esperaría con los brazos abiertos y así fue.

Quince horas de avión, un trasiego de maletas por cinco aeropuertos diferentes, inmensos, llenos de rostros serios, carreras, cada uno a lo suyo, incluida yo. En el primero prestas atención a los carteles, todavía son comprensibles las palabras que emiten los altavoces camuflados en algún lugar de la bóveda plagada de focos fluorescentes, avisos que hace que los indecisos paren en seco como si con el movimiento fuera a inferir en un mensaje que para nada les pertenece, pero aún así te sigues sintiendo segura y caminas altiva como si aquel fuera tu escenario diario. Nervios al despegar, los aviones nunca han sido mi fuerte, a veces tengo pánico a volar, esta vez me armo de paciencia, de valor, trago saliva un par de veces ¡Qué pena no tener fé para poder rezar y que el miedo recaiga entre varios! Cuento hasta diez, cierro los ojos y al abrirlos y girar la cabeza hacia la diminuta ventanilla situada a mi derecha, comienzo a divisar el mundo a mis pies algo más pequeño. Respiro hondo, exhalo. Dentro de poco estaré contigo...

viernes, 15 de septiembre de 2017

Sharon Kam

Sharon Kam, nacida el 11 de agosto de 1971, en Haifa, Israel. 



Pertence a una familia de músicos, su madre, Rachel Kam, ha sido miembro de la Israel Philharmonic Orchestra durante más de tres décadas como violinista; su hermano, Ori Kam, también es violinista, debutó en la Philharmonic Orchestra de Israel y actualmente es el violista del Cuarteto de cuerdas Jerusalén y su marido, director de orquesta, es Gregor Bühl.


Con 12 años ganó el premio de la Sociedad Cultural Judío-Americana y desde entonces su carrera musical no ha parado, dando conciertos con las mejores orquestas del mundo, antes de cumplir sus 30 años, Sharon Kam, se consideraba ya como una de las mejores clarinetistas de este planeta. 

Sus grabaciones demuestran que se siente igual de bien con el repertorio clásico como con la música contemporánea o el jazz.





sábado, 5 de agosto de 2017

Mo Yan. Nobel de literatura 2012

Mo Yan es premio Nobel de Literatura 2012.

Su nombre real es Guan Moye, es un escritor chino, nacido en Gaomi provincia de  Shandong, el 17 de febrero de 1955. 


"No hables"


Su pseudónimo significa “no hables”, en recuerdo a su infancia y a la Revolución Cultural maoísta. Sus padres le decían constantemente que no hablara para no decir nada inconveniente:


...elegí este pseudónimo en recuerdo a los años en los que no podía dirigir la palabra a nadie...


 
Según sus palabras: elegí este pseudónimo en recuerdo a los años en los que no podía dirigir la palabra a nadie, explica, Eran los tiempos turbulentos de la Revolución Cultural (1966—1976), en los que había conflictos entre la gente de mi pueblo todos los días. Mi padre era agricultor, pero mi familia tenía una posición desahogada, y tenía miedo de que dijera algo inconveniente y trajera la desgracia a los míos. Así que me dijo que no hablara y que aparentara ser mudo.


Bibliografía de Mo Yan:


- «Sorgo rojo» (El Aleph, 2002). 
- «Grandes pechos, amplias caderas» (Kailas, 2007). 
- «Las baladas del ajo» (Kailas, 2008). 
- «La vida y la muerte me están desgastando» (Kailas, 2009). 
- «Rana» (Kailas, 2011).
- «El mapa del tesoro escondido» (Kailas, 2017).
- «El suplicio del aroma de sándalo» (Kailas, 2011). 
- «La república del vino» (Kalias, 2010). 
- «¡BOOM!» (Kailas, 2013). 
- «Shifu, harías cualquier cosa por divertirte» (Kailas, 2011). 
- «El rábano transparente» (Kailas, 2017). 
- «El manglar» (Kailas, 2016). 
- «Canvis» (Edicions 62, 2012).
- «Cambios» (Seix Barral, 2016).
- «Big Breasts and Wide Hips» (Arcade, 1996).
- «Trece pasos» (Kailas, 2015). 



viernes, 10 de marzo de 2017

CyberHeads

Ciberexpuestos a la delincuencia

Noticia en el "Correo de Andalucía" 


Pilar Lacasta, Eduardo Sanchís, Alicia Lerma y Joaquín Muño

Unas jornadas organizadas el 8 de marzo de 2017 por CyberHeads y el despacho de abogados Ontier analizan los peligros que acechan en la red.

¿Se ha preguntado alguna vez cuánto sabe la red de su vida? o ¿si funciona el derecho al olvido? Estas son algunas de las cuestiones que ayer se plantearon en la jornada Ciberseguridad, nuevos desafíos en la cibercomunicación, la investigación privada, la informática forense y la defensa jurídica organizada por CyberHeads en la sede del despacho de abogados Ontier. Una charla en la que cuatro expertos expusieron los ciberpeligros a los que estamos expuestos, pero también las soluciones para una comunicación segura porque «nos vemos inmersos en esto sin saber a los que nos enfrentamos», indicó la CEO y fundadora de CyberHeads, Pilar Lacasta.




«nos vemos inmersos en esto sin

saber a los que nos enfrentamos»



Este despacho, especializado en servicios de cibercomunicación y gestión de crisis, ofrece asesoramiento tanto a particulares como a empresas sobre cómo manejar su reputación on line y cómo afrontar una crisis ante un ataque o problema en la red. «Es un mundo muy complicado y casi inmanejable», señala Lacasta, para la que es «imprescindible en cuidar la reputación, comunicar bien y hacer un esfuerzo en parecer lo que queremos ser».


Se trata de una cuestión importante porque ya no solo los jóvenes son los que cuelgan fotos o comentarios sin evaluar las consecuencias que puedan tener. «Cada vez son más las empresas que reclaman conocer el perfil del profesional antes de contratar y ya no solo es una cuestión que afecte a los jóvenes, sino también a nivel medio», destaca. En este sentido, la investigadora privada y directora general de Indicios y CTO de CyberHeads, Alicia Lerma, indica que las nuevas tecnologías permiten vigilar y obtener datos de una persona, «siempre de forma legal», que pueden ser utilizadas en procesos judiciales. «Bajas laborales simuladas, infidelidades o en casos de divorcios y custodia de menores», aclara.


"No somos conscientes del peligro al que estamos expuestos con el móvil"



Pero en internet y en las redes sociales no solo nos jugamos nuestra imagen y nuestra reputación, sino que fácilmente podemos ser víctimas de la ciberdelincuencia. «No somos conscientes del peligro al que estamos expuestos con el móvil. En nuestro bolsillo llevamos todos nuestros datos», señala el perito informático y CIO de CyberHeads, Eduardo Sanchís.

martes, 7 de marzo de 2017

Banda sonora de la película El extraordinario viaje de T.S. Spivet

Disfruta de la banda sonora de la película "El extraordinario viaje de T.S. Spivet" un film de Jean-Pierre Jeunet.



Compositor: Denis Sanacore

Nacido el 22 de diciembre de 1967, en Montreal, Canadá 

viernes, 3 de marzo de 2017

Nada pasa

Hay un tiempo para vivir
y un tiempo para testimoniar la vida.

Albert Camus -Bodas en Tipasa-



Empezaba a sospechar que tal vez no fuera casual, pero claro eso con 20 años, sin la sabiduría que da la adultez, es natural que quieras pensar que el destino te va dejando pistas accidentales para que receles y te tortures cavilando con que nada sucede espontáneamente y, todo, absolutamente todo, está escrito de antemano y se va cumpliendo paso a paso sin tu intervención y, lo más penoso es que acontece sin demora y sin remedio.

La historia que os cuento puede ser un sinsentido, lo sé. Lo sé y lo digo al comienzo, no porque quiera justificar nada, simplemente lo digo para que no haya sorpresas en el futuro. Reconozco que entonces no supe verlo y sé que un escalofrío recorrió mi cuerpo, os lo prometo. ¿Y por qué lo recuerdo? porque desde entonces no he conseguido quitarme ese frío gélido que me paraliza en cada decisión que voy a tomar y me bloquea el cuerpo entero.

Todos los días, en el mismo sitio, a la misma hora, me cruzaba con ella. Era consciente de que a esa hora los rostros que deambulamos por la ciudad, todavía a oscuras, éramos siempre los mismos. Pero yo sólo tenía ojos para esa figura esbelta que se cruzaba ante mí, siempre en carrera acelerada, como si perdiera el metro o como si quisiera llegar a un duelo antes que el choque de aceros acabara con la vida de su amante.


Yo intentaba cambiar el recorrido mañana tras mañana, porque me conozco y sé que soy algo obsesivo, pero allí, ante mí, mañana tras mañana aparecía su rostro impertérrito. No nos conocíamos, tal vez nunca llegaríamos a hacerlo porque yo inconscientemente huía como un perro asustado ante el disparo repentino de un cohete estallado en el cielo, y entonces, el trecho entre ambos era tal que cabía toda la ciudad y sus habitantes en medio de nosotros.

A veces me hubiera gustado ser más atrevido, tener más agallas o simplemente saber afrontar la verdad cara a cara y no escabullirme cual Houdini cuando presentía que algo malo iba a pasarme.

Ella no me vio nunca, de eso estoy seguro. ¿Y por qué lo sé? Fácil, muy fácil, porque cuando ella daba la vuelta para entrar en la calle Fuente Nueva, yo me esfumaba por la calle Ventanilla, justo en dirección opuesta a su mirada. Después retrocedía mis pasos, cuando intuía que ella ya había llegado a su destino, y me dirigía hacía la Agencia de Viajes en la que mi amor encubierto trabajaba. Podía verla por el ventanal que ocupaba todo el bajo del número 127 de la calle Fuente Nueva. La veía arreglar los folletos con imágenes a todo color de playas espectaculares y monumentos Patrimonio de la Humanidad, esos librillos que decoraban el expositor del escaparate y exhalaban libertad, y donde podía leerse en grandes letras de imprenta “Agencia de Viajes Esperanza”. Allí permanecía yo, apostado, al abrigo y defensa de la marquesina del autobús número 34 que me llevaría a mi destino, a 18 km de distancia de ella, al otro extremo de la ciudad donde ya no podría observarla, ni dirigirle la palabra, ni acariciarla y muchos menos desayunar o acostarme con ella.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Un monstruo viene a verme de Patrick Ness


Carátula del libro Título: Un monstruo viene a verme
Autor: Patrick Ness
           (A partir de la idea original de Siobhán Dowd)


Siete minutos después de la medianoche, Conor despierta y se encuentra un monstruo en la ventana. Pero no es el monstruo que él esperaba, el de la pesadilla que tiene casi todas las noches desde que su madre empezó el arduo e incansable tratamiento. No, este monstruo es algo diferente, antiguo... Y quiere lo más peligroso de todo: la verdad.








Patrick Ness. Un monstruo viene a verme
Patrick Ness
Patrick Nessescritor, periodista y conferenciante estadounidense, nacido el 17 de octubre de 1971, escribe esta historia a partir de una idea original de Siobhan Dowd (4 febrero de 1960 – 21 agosto de 2007), quien no pudo escribirla debido a su prematura muerte a causa de un cáncer de mama. Siobhan ya había escrito el comienzo del libro, había esbozado la obra y definido a los personajes. El ilustrador del libro es Jim Kay (ilustrador de Harry Potter) 

José Antonio Bayona
José Antonio Bayona

El oscarizado director de cine, Juan Antonio Bayona, ha hecho una magnífica adaptación a la gran pantalla, que te recomiendo que veas.

En la 31 edición de los Premios Goya 2017, ha obtenido 9 Goyas de sus 12 nominaciones.






He leído el libro, me ha encantado. He visto la película, me ha gustado mucho. Si puedes haz lo mismo, tendrás tus momentos malos, ya te aviso, pero seguro que te merece la pena. 





lunes, 20 de junio de 2016

Lorca, de Dominio Público en 2017

¿Sabías que el 1 de enero de 2017, se puede difundir libremente la obra de Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, Granada, 5 de junio de 1898 – entre Víznar y Alfacar, ibídem, 19 de agosto de 1936)?


Según la Ley de Propiedad Intelectual española, la familia de García Lorca tiene 80 años para explotar los derechos de su obra, que como digo finalizan el 1 de enero de 2017. 

(En el caso de España, los derechos de explotación de una obra subsisten a los 70 años después de la muerte del autor y se computan desde el 1 de enero del año siguiente al de la muerte o declaración de su fallecimiento. No obstante, el plazo es de 80 años para los autores fallecidos antes del 7 de diciembre de 1987. Una vez transcurrido el citado plazo, las obras pasan a dominio público.)